miércoles, noviembre 01, 2006

Mis relatos semanales

TINTERO VIRTUAL CCLXIV "SUCEDIÓ EN EL METRO"

"Tres cuerdas"
[ 3er. clasificado - TINTERO VIRTUAL CCLXIV ]

Llegué a Madrid con un mes de antelación, lo cual fue mucho mejor, no tuve tiempo de arrepentirme por haber dejado mi ciudad y mis cosas. Jamás había usado un metro, no sabia como funcionaba hasta que tuve que usarlo.


Tenía que presentarme en mi nuevo trabajo a las 16:00 horas y me habían indicado que debía tomar la línea “cinco” de color verde. Así que compré un billete y entré en el metro. A los pocos minutos el túnel vibraba, la gente se acercaba al precipicio que iba a ser ocupado por esa serpiente rugiente, algunos le escupían. Cuando llegó vi que no era mi línea, llevaba el número “dos” en la ventana del conductor, así que esperé a que llegara el número “cinco”. Llegó el “tres”, llegó el “cuatro”, y de pronto llegó el “seis”, iba a llegar tarde, me puse nerviosa y esperé al siguiente. Mientras esperaba estaba enfadada con el servicio de transportes, la línea “cinco” llegaba con retraso. Una mujer me preguntó qué me sucedía y yo le conté mi desesperación con la espera del metro, del número “cinco” en concreto. La señora abrió los ojos y se echó a reír, se reía de mi, me pidió disculpas y me explicó el funcionamiento del metro. Me sentí avergonzada cuando supe que podía tomar cualquier vagón de los que allí llegaban, todos tenían la misma ruta, el mismo recorrido, mi destino, todos eran el número “cinco”.


Conseguí trabajar por las mañanas para poder ir a clase por las tardes. Ahora, cuando me recuerdo en aquella vorágine pienso, ¿todo eso lo hice yo? Los días que tenía libres entre semana, porque solía trabajar los fines de semana, los dedicaba a dar clases de informática a domicilio. El Sr. Ginés fue mi primer alumno, un hombre de ochenta años, fresco y lúcido, ansioso por saber utilizar su ordenador portátil a fondo y por contarme su aventura empresarial en Venezuela y Nueva York, un hombre fantástico que me pagaba diez mil pesetas por dos horas de clase, eran tiempos de pesetas.

Josep Lacreu - baix
Para ir a su casa necesitaba tomar la línea “seis” del metro, la circular, y después un autobús. Era mi línea favorita ya que acogía a los mejores músicos del metro y poseía una acústica especial. Al Sr. Ginés le gustaba madrugar y en todas mis visitas me reprochaba cariñosamente mi falta de puntualidad, la atribuía al carácter español. Me decía que los americanos para esas cosas son muy exigentes, para entonces yo ya me había sentado en su despacho y le dedicaba una sonrisa expectante que borraba su mohín haciéndole señas para que se sentara a mi lado, al fin y al cabo yo era la maestra.

Cuando tomaba la línea circular y bajaba en mi destino lo hacía con prisas, supongo que como reflejo contagioso de aquél movimiento. En el metro a las ocho de la mañana todos tienen prisa. Yo aprovechaba las prisas de esas mañanas para mantener mi cuerpo terso y duro, apretaba los glúteos, el vientre y adelante, siempre con prisas contagiadas. Subía y bajaba todas las escaleras a pie, apretando mi trasero. Bajar la segunda escalera era la gloria, cuando llegaba a la mitad las prisas se perdían por los escalones. Plácidamente entre aquella vorágine dos cuerdas sonaban, un chello y un violín eran suficientes para anularme durante unos instantes y flotar descendiendo blandamente la escalera, como un hada. El sonido se iba ampliando. Bach, Dvorak, Barber o Bocherinni ocupaban todo el hueco del metro, las notas flotaban y ascendían, llegaban a las bóvedas, explotaban, y se esparcían por los túneles. Al llegar a la altura de los músicos las notas me acariciaban el cabello y aspiraba la música que inundaba mis pulmones. Y ahí no acababa todo, cuando comenzaba a apagarse el chelo un violín aislado aparecía lentamente. Mendelssohn, Haydn o Mozart me recogían esta vez ejecutados por la dulzura de una chica que parecía un ángel iluminando todo con su música en el siguiente túnel.

El Sr. Ginés un día, muy serio, me pidió explicación de mi

Josep Lacreu - violi
retraso. Entonces me lo llevé a dar un paseo por el metro y le fui contagiando las sensaciones. Bajar esa segunda escalera y comenzar a sentir la caricia y la brisa de aquellas notas musicales fueron una explicación coherente para él. Conseguí retrasar el horario de las clases una hora para poder disfrutar de los músicos.


La última vez que estuve en la línea seis, la chica se había agrupado al chelo y al violín. Desde entonces suenan tres cuerdas enlazadas en el comienzo de la bajada de la segunda escalera al cielo de la línea “seis”.

Josep Lacreu - batuta



A todos los músicos, gracias


[ecumedesjours]


*Las pinturas son de Josep Lacreu