martes, diciembre 12, 2006

Mis relatos semanales

Joseph Mallord William Turner - Fall of the Tees, Yorkshire, Watercolour on paper

Joseph Mallord William Turner
(1775 - 1851)

Fall of the Tees, Yorkshire
1825-1826.

Acuarela
Private collection, UK





TINTERO VIRTUAL CCLXXI:
"Un cuento" II


"La luz interior"



Hubo una vez...

Que existió un mundo lejano, perdido, escondido entre un valle olvidado entre dos ríos donde crecían sauces, donde la escarcha de la mañana acariciaba al sol en su salida y los copos de nieve saludaban la llegada de la luna.

Cierto día, cuando la luna alumbraba el valle desde su cenit, ocurrió un prodigio: la noche se rompió. Desde entonces nunca más la luz volvió a abrazar el valle, su fuerza fue reemplazada por la tristeza y la desesperación que comenzaron a apoderarse de aquél lugar convirtiéndolo en un paraje triste y lúgubre donde ya no llegaban viajeros y al que ni siquiera el propio Dios recordaba en sus oraciones.
La más oscura de las tinieblas cubrió los bosques durante mucho tiempo hasta el momento en el que un milagro inesperado se produjo. Dos amantes desquiciados por el recuerdo de tiempos pasados, decidieron reencontrarse bajo el sauce donde tiempo atrás se conocieron. Con miedo, temerosos, sin reconocerse en la oscuridad acercaron los labios de uno a los del otro. Cerraron sus ojos intentando encerrar para siempre en su interior todo aquello que sentían, abrazando todo lo que creían para siempre perdido. De pronto, rodeados por la oscuridad, pudieron percibir cómo en el interior de sus ojos cerrados, una brillante luz cegadora, más fuerte que el sol, comenzaba a cegar sus sentidos volviendo a vivir con toda intensidad aquellos campos verdes y los arroyos azules del valle de paraíso que en su interior siempre supieron que existía.

Cuando el beso cesó, su tristeza fue recobrada por instantes al comprobar que la oscuridad, fuera de aquél beso, seguía reinando de nuevo, dueña y señora, por doquier. Sonrieron orgullosos por haber encontrado la puerta mágica que conducía hacia la salida de la oscuridad.

Ella comenzó a correr, entusiasmada, hacia la aldea dónde vivía y gritaba al viento la llave de aquél secreto. Todos intentaban repetir el milagro, todos se besaban alocados unos a otros entre risas, sollozos y lamentaciones. Pero ninguno de ellos, en medio de la más profunda desesperación, pudo volver a revivir el milagro. Ninguno comprendía que “la luz en los ojos cerrados” no podía crearse por el simple roce de sus labios. Mientras el fuego interno de la sinceridad no aflorase en ellos jamás se alumbraría la llama que albergaban en su propio interior.

Descubrieron con amargura que nunca conseguirían alcanzar el secreto. Cada uno buscaba ver su propia luz, no entendían que ello sería imposible si antes no deseaban con toda su alma verla en el fondo del otro.

Ella volvió sobre sus pasos, enloquecida, corriendo a través del bosque, chillando el nombre de su amante, buscando recuperar sus besos. No entendió que el secreto nunca debió ser compartido, que no debía airearse ni ser pregonado.
Que le había traicionado, a él, a sí misma y a la sinceridad que le hizo ver aquella luz mágica que nunca había sentido. Debía guardarse y transmitirse a aquellos que tuvieran su misma capacidad.

Llegó al borde del río ansiando volver a encontrar aquellos labios que le hicieron ver la luz. Tan solo encontró sombras a su alrededor y el murmullo sordo de la corriente. Cayó dormida entre sollozos, agotada por la angustia de aquél secreto descubierto injustamente.

Despertó y sintió que una cálida luz de sol bañaba su rostro y calentaba con dulzura su despertar. Buscó a su alrededor, preguntándose la razón de aquél milagro. Volvió al poblado donde la gente aun dormía ajenos al prodigio que les reconducía a la vida.
Nunca más volvió a encontrar al amante que le enseñó la luz en la noche más oscura.
Lo que ocurrió lo supo más tarde.

Él, consumido en una profunda tristeza causada por aquella traición corrió en mitad de la eterna noche hacia la luna y consiguió, agotado, en un último esfuerzo, unir la noche allá donde se rompió, en lo más alto del firmamento, cosiendo hasta el último hálito cada desgarrón de la noche.

Lágrima a lágrima; una a una.

Hoy, cada lágrima es una estrella.

En tu recuerdo, du Lac

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