domingo, noviembre 01, 2009

Mis Relatos Semanales


TINTERO VIRTUAL CDXII - VERDADES CIENTIFICAS

Lucifer, Franz Von Stuck

"Un Reloj para la Eternidad"



Dicen que el tiempo existe, los hombres se empeñaron en atraparlo y no lo consiguieron, hasta que alguien, un día, se engañó a sí mismo y a toda la Humanidad inventando los medidores del tiempo. ¿De qué me sirve a mi, que he bebido de las aguas del río secreto que purifica de la muerte a los hombres, medir el tiempo? Contar las horas y los días, los meses, los años y los siglos...

Mi abuelo fue un gran sabio griego y mi padre mucho más, yo tenía que superar a los dos y la vida de un hombre, entonces, me parecía demasiado breve para conocer el mundo y así me lo confirmó el destino llevándose a mi padre mientras dormía dulcemente cuando sólo tenía cuarenta y cinco años. Mi abuelo murió poco después que mi padre; es cierto que el dolor más grande de un hombre es perder a su hijo amado, por eso yo decidí no tener descendencia o no saber que la tengo...

Cuando murió el abuelo pensé en vender las propiedades, quedarme sólo con su casa grande, su fabulosa biblioteca y partir a descubrir más cosas de otras civilizaciones. Después soñaría con Alejandría, conocer a fondo el desarrollo de las fórmulas de Pitágoras, la astronomía de Tales de Mileto. Soy contemporáneo de Alejandro Magno; siendo muy niño, caminaba de la mano del abuelo hacía el mercado para comprar los mejores papiros dónde escribir los discursos del senado en casa de su amigo Achilles, allí se abrazó a Aristóteles y me lo presentó, yo sabía que aquél hombre era una especie de Dios, venía de Pella camino a Grecia. Había terminado de instruir al hijo del rey de Macedonia y a sus generales. Yo tenía cinco años y los imaginaba a todos en carros dorados envueltos en rollos de papiros, pergaminos y espadas. Doce años después me cruzaría con Alejandro, murió la misma primavera que el abuelo, una vez hube arreglado las ventas partí, y en el camino me topé con el séquito funerario del joven Rey que venía de Babilonia. Me quedé clavado en el suelo y no me despegué hasta dejar de ver el último punto del precioso catafalco donde viajaba el cadáver de Alejandro Magno. Yo tenía dieciocho años y el secreto de la vida eterna. Lo encontré bajo la almohada del abuelo, en una pequeña caja vieja y arañada donde guardaba celosamente un pergamino que no tenía más trazos ni explicaciones que el dibujo de una ruta que parecía terminar en un río cuyas aguas otorgaban la vida eterna. Y yo tenía que descubrirlo; con dieciocho años, huérfano de sabios tutores me encontraba con un tesoro inaudito que nadie me iba impedir descubrir. Y así fue cómo me apiadé del grandioso Alejandro Magno que ya no podría beber más aguas que las del río Letheo.

Y pasé varios siglos rodando por el mundo hasta recorrer cada resquicio y cuando ya no encontré nuevos lugares decidí volver junto a los míos, al lado de los Inmortales que yacían sumidos en el tedio de su eternidad en las grutas escarpadas del cañón oculto por las rocas y la niebla. Me llevaban ventaja, ya habían recorrido el mundo, ya lo habían hecho todo y no me lo contaban porque sabían que la experiencia, con más razón todavía en la eternidad, debía experimentarse por uno mismo. Al volver con ellos y mirarles a los ojos entendí que no hablaban no porque hubieran olvidado las palabras sino, sencillamente, porque no les daba la gana. Pasé varios siglos comiendo serpientes junto a ellos, pero decidí abandonarles a su suerte y dedicarme a observar el mundo desde lo alto.

Soy un ojo de Dios, pertenezco a un sofisticado experimento financiado por mí mismo y vivo en los primeros ciento veinte metros cuadrados habitables que existen flotando y orbitando en el sistema solar.

Año 2009 de nuestro Señor, por cierto nací antes que él. Han pasado dos mil trescientos catorce años y, por fin, me decido a escribir un diario en el que ya conozco el final puesto que por mucho tiempo que vivamos no descubriremos más sentido del conocido pero sí podremos gozar de los lentos y maravillosos avances que consigamos alejándonos del tedio.

- A Borges y a los siete sabios de Grecia -


[clochard, 3ro.]