domingo, octubre 18, 2009

Mis Relatos Semanales


TINTERO VIRTUAL CDXI – "El Presidente"


Lucien Clergue


360º – Día 2


Un día más de octubre en que el cielo y el sol invitaban de buena mañana a irse a la playa y es lo que hice en cuanto terminé de comer con mi hija antes de que volviera a su trabajo. En la playa de Corinto no hace falta el bañador y siempre llevo una toalla en el coche. En cuanto crucé las dunas que me abrían la explanada de piedra y arena frente al mar, la vi en la misma zona que había estado el día anterior. Pasé por delante de ella mientras buscaba un hueco para situarme y la saludé con un “Hola” y una sonrisa, sorprendida, me devolvió el saludo. Llegué paseando al final de la playa marcado por la Gola de Almenara y di la vuelta ya sin ropas con la toalla al hombro. Frente a ella le pregunté si le importaba que me pusiera a su lado; liaba un cigarrillo y me dijo sonriendo: “Eres libre, estamos en la playa”, señalando con un brazo extendido la amplia y solitaria extensión. Mientras yo elogiaba su habilidad liando el tabaco, hizo un gesto rápido para lamer la goma del papel, cerró la punta y ofreciéndomelo dijo: “Esto no es un cigarrillo, es un porro, ¿quieres?”, de pronto recordé el aroma de mi juventud en el lycée, las movidas estudiantiles en abril, mayo, junio,... del 68. Le hablé de mi vida en Montpellier, de mis años de trabajo en España, en Madrid y Valencia. De mi pasión por el mar. Ella me habló de su trabajo, de su necesidad de mar, me sorprendió con su conocimiento por Boris Vian y le recomendé una obra de Teatro que estaba en cartelera en Francia. Hablamos de Baudelaire y me mostró uno de los libros que estaba leyendo de André Breton. Todo era natural y espontáneo, la charla fluía de un punto a otro, de Sorolla a los expresionistas, de Nelié Jacquemart y de París, del languedoc a la expulsión de los judíos y los árabes, de la destrucción de vestigios históricos, del patrimonio nacional, del expolio, del elginismo, de los precios ya igualados en ambos países, de la diferencia abismal entre el salario mínimo de un francés y un español, de la emigración, de la injusticia social, del montaje económico, de su divorcio y del mío, de su hijo y de mi hija que vivía en España y era la excusa perfecta para venir con frecuencia. Se expresaba con fuerza y claramente, conozco bien el español pero ella parecía hablarme en francés, como un libro abierto a la par que gesticulaba descubriendo páginas y páginas, sus pechos eran preciosos, bronceados e irreverentes, como ella. Su mirada se hundía en el azul de mis ojos mientras me hablaba; yo la miraba. Miraba cómo movía sus manos y brazos, cómo abría la boca y cómo sus ojos miraban intensamente a los míos. La miraba y fumaba, un cigarrillo tras otro pues todos duraban un suspiro, aceptó uno de mis cigarros pero no me dio tiempo a encendérselo y entonces hablamos de nuestros presidentes y ella dijo con tristeza que no podía enorgullecerse de ninguno de los hombres que habían presidido su país, y con una mueca triste e irónica añadió: “mi país, mi nación...lo que sea este Estado, no me importaría abandonarlo”. Zanjamos el tema político cuando le dije que España no debía haber expulsado ni a los árabes ni a los judíos. Y entonces me habló de la imaginación de los primeros, del sistema de regadío que implantaron trayendo el agua con acequias, un increíble tramado de autovías repletas de agua con pequeñas puertas y compuertas para ir anegando todos los campos por donde pasaban y necesitasen de sus aguas.

Intempestivamente sucedió la despedida, ella no quiso bañarse, yo si y cuando salí del agua ya estaba vistiéndose, y mientras lo hacía me dijo su nombre y sin darme cuenta estaba caminando a su lado vistiéndome por el camino. Nos detuvimos al llegar a su coche, le pregunté si volvería mañana y mirando al mar, aspirándolo, inspirándolo y volviéndose a llenar de la sal en el aire una y otra vez, dijo que cada día que dejaba la playa pensaba que sería el último del año, dejaba la decisión en manos del otoño que ya no debía tardar en imponerse. Me dio dos besos, le di un tercero buscando su boca y volví a encontrarme con su mejilla. Cada uno tomó una dirección.

Volví mareado, mezcla de fascinación rosada por sus pezones y por la increíble cantidad de temas que habían surgido en menos de dos horas. Me dormí con sus ojos clavados en los míos, hipnotizado por el porro, pensando en retrasar un día más mi regreso a Montpellier, y mientras dormía sonaba la radio augurando para el día siguiente lluvias en Levante.


– Pour Yves – ecumedesjours, 2º