domingo, julio 15, 2007

Vacaciones

Noveno día, y último.






Regresaba de la playa hacia casa, a pesar de ser el último día de unas breves vacaciones no sentía que me despedía del mar, tan solo una tregua hasta otra próxima escapada. Recorría los siete kilómetros que distaban del paraíso a mi casa sin prisa, despacio, atiborrada de gaitas y violines, de Waterboys, de playa, de mar, de arena y sal, de decenas de lecturas variadas, de “Felices pesadillas” clásicas de terror seleccionadas por la editorial amiga Valdemar, de “Detectives salvajes”, de poesía realvisceralista, de mundos ideales y rebeldes, soñados e imaginados, vividos. De escritos sueltos en el margen de libros, como Ulises Lima, en folios, en facturas, en tickets de autopista. De encuentros y desencuentros, de situaciones tensas unas, otras curiosas y relajadas, de pensamientos audaces.

No hay depresión postvacacional, la vida es un milagro, cada instante es una joya y yo los colecciono.

Mañana volveré a sentir las imágenes del regreso, mi coche flirteará con otros, competirá con ellos, se dejará seducir por otros motores, buscará compañía en el viaje mientras yo seguiré escuchando, una y otra vez, “The fisherman’s blues” imaginando, una vez más y como siempre, que no llego a ninguna ciudad, que no tengo destino, que paso por todos los lugares y en todos soy feliz. Me saludarán gigantescos molinos de viento, toros de Osborne, campos ya segados, infinitos tonos de tierra hacia la meseta. También yo te echo de menos un poquito, y es que en el fondo... te quiero Madrid.