lunes, noviembre 06, 2006

Mis relatos semanales

TINTERO VIRTUAL CCLXIII "POLICIACO"


"El guante blanco de las brujas"

Mi psiquiatra me decía que la vida es muy sencilla, que hacemos bien en tomar las cosas que nos van llegando y que no debemos arrepentirnos de nada, claro que él tenía ventaja, era razonable, metódico y sin impulsos, nunca tuvo espontaneidad y pocas veces sonreía.


La primera vez que me tumbé en su sofá y le conté que me había casado con tan solo dieciocho años con uno de mis mejores amigos, no pude evitar esperar su reacción escrutándole con el rabillo de mis ojos dorados. Le vi levantar una ceja y anotar más palabras de las que yo decía. Respondí que no, que no amaba, que quería irme de casa, que quería estar con ese amigo con el que reía y lo pasaba bien y con el que había descubierto el sexo. Y comenzaron las preguntas sobre el sexo, en cada visita, sobre el dolor de la primera vez, sobre la sensación de haber sido invadida, sobre la virginidad perdida en el gimnasio mientras hacía un spagat sin calentamiento previo, sobre que una vez superado el trauma de aquella primera invasión llegaba el placer, el vértigo de sensaciones desconocidas, el ansía de practicarlo a toda hora, a cada momento,... y con estos temas pasamos demasiadas sesiones. Me resultaba cargante su obsesión por el tema del sexo y decidí eliminar al psiquiatra imaginario, lo mandé a criar malvas con su colega Freud. Fue sencillo, le corté la yugular con un folio afilado, un corte limpio, apenas sangró. Ya le digo que era demasiado práctico. Su sangre coagulaba antes de asomar al exterior, siempre llevaba sus camisas blancas, impecables, y estaba hecho para morir una y otra vez en manos de sus pacientes, también imaginarias. Me lo llevé a la ducha y su cuerpo se esfumó por el tragadero, junto a un remolino de mis cabellos. Sabía demasiado de mi como para consentirle vivir. Este fue mi primer crimen, comencé a deshacerme de todas las personas que me importunaban, me resultaba tan sencillo.


La siguiente víctima fue mi vecina, un pajarraco muy exótico. Una maruja de museo que se empeñó en que tenía que llevarse bien conmigo e intentaba invadir mi espacio personal. Una tarde le invité a tomar un té, un té exótico... Ella se empeñaba en que sabía a perejil y yo reía pensando en mi madre. Cuando yo era niña tuve pajaritos y sabía que los pájaros se envenenan con el perejil... Cuando comenzó a marearse la acompañé a su cama, la dejé acostada y me olvidé de ella hasta doce días después en que los demás comenzaron a echarla de menos y a sentir el olor a cosméticos putrefactos de sus plumas.


El siguiente fue el maldito repartidor del banco. ¡Siempre llamando a mi puerta! Yo le decía que dejara de hacerlo, no soy su cliente. Se lo advertí. Usé mi ingenio. He de reconocer que me costó varios intentos y que lo del cartero del barrio... fue un error lamentable... no debió entrometerse y alterar su ruta de repartos ese día. Tuve que cambiar el sistema, improvisar. Y así fue como se me ocurrió esperar a que tocara a mi puerta desde la calle y como le lancé el gato de los vecinos de abajo. Un gato lustroso, persa. Seis kilos de peso desde un quinto piso, a una velocidad insaciable por parte del felino para llegar al suelo, desnucaron al pobre infeliz en el acto. Y el gato volvió a mi rellano tras abrirle yo misma la puerta. Un arma limpia y con cinco vidas todavía.


– Por favor, doctor, no siga – dijo el comisario al psiquiatra del centro de salud de un pequeño barrio de Madrid – es justamente eso, de locos.

– Le entiendo perfectamente comisario, sólo quise aportar este informe por si ayudaba en algo a resolver la serie de crímenes que se han cometido en el barrio en tan solo dos semanas. Coinciden las horas con las muertes, la relación con mi paciente, todas las victimas son de su entorno. La seguridad que irradia cuando habla, es la seguridad que da la locura. A veces la locura es lo que queda tras recibir el impacto de un fogonazo de la existencia, una sabiduría ajena al orden y a la lógica que la razón limita y no entendemos. Si, claro que es de locos, pero esté atento. A mi me aterra, hoy ha comenzado a mirarme con el rabillo de sus ojos dorados y me ha petrificado. ¿Qué debo hacer?

– Olvidarse del tema – dijo el comisario agrupando los papeles del informe detallado que acababa de leer sobre una enajenada mental que se atribuía los asesinatos de sus vecinos y la desaparición de un psiquiatra de forma limpia – No obstante, tomaré los datos de esa mujer.



– Es una mujer muy inteligente. Es extranjera, aunque lleva aquí seis años. Su nombre es Mary Parker, nacida en Danvers, Massachussets, lo que en otros tiempos se llamó... Salem.







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