domingo, marzo 11, 2007

Domingo



Tiziano
Venus de Urbino, 1538
Oleo sobre lienzo 119 x 165 cm.
Galería de los Uffizi, Florencia




Los clásicos buscaban el concepto de la belleza idealizada. Con la llegada del cristianismo se produjo un cambio drástico con respecto a esta concepción del cuerpo y la mentalidad de los primeros cristianos consistió en rechazar frontalmente el desnudo al considerarlo como fuente de pecado, algo sucio e impuro, y todavía hoy, la iglesia manifiesta una auténtica obsesión represiva para con el cuerpo humano y el sexo. En esta línea se enmarca la censura del baño y la higiene personal, las fuertes restricciones sobre las relaciones sexuales incluso dentro del matrimonio y la convicción de que el sexo sólo tiene sentido con fines reproductivos.

Afortunadamente los artistas son seres de otro mundo y es difícil poner coto a su imaginación y creatividad. A partir del Renacimiento (siglo XV) con la admiración por el mundo clásico, vuelven los desnudos, aunque siempre motivados (una antigua diosa, una mujer a la que se le cae la toga inadvertidamente..). Nunca se pintaba un desnudo sin excusa, y el primero que lo hizo, Goya, tuvo que vérselas con la inquisición.



Francisco José de Goya y Lucientes
Maja desnuda, 1800
Oleo sobre lienzo 97 x 190 cm.
Museo del Prado, Madrid



Es la primera vez en toda la pintura española en que se pinta un desnudo porque sí, sin excusas, y además sensual y provocativo. Antes se pintaba algún desnudo que otro, pero se disimulaba con ocurrencias como que la modelo era sorprendida vistiéndose o saliendo del baño, o bien una diosa clásica a la que se le caía la túnica y dejaba ver su anatomía.

En este caso el desnudo es claro, sin disimulos y Goya lo lleva más allá al mostrarnos un gesto malicioso y resabiado en el rostro de la maja, ella se exhibe y disfruta provocando al espectador. Por si fuera poco, el centro del cuadro coincide con su pubis, que aparece, por primera vez en la pintura universal con vello. La chica se contonea, marca sus separados senos al retraer los brazos y coloca las piernas elegantemente. Presenta un cierto sonrojamiento en sus mejillas, muy atrayente al combinarse con su descaro y desparpajo posando. Contrasta su rostro poco agraciado con la belleza de su cuerpo.

El pintor define con precisión los contornos de la dama y la baña en luz, destacando su palidez y piel nacarada.. Todo es refinamiento y sensualidad, ella luce destacada sobre un canapé de terciopelo verde, complementado con una sábana y almohada con encajes. La pincelada es detallista y precisa y los colores suaves y nada exagerados. El contraste se logra por la piel blanca y el terciopelo verde oscuro. Aparte del diván y la maja, no existe nada más, el fondo es neutro, en tonos pardos, y no nos permite ni distraernos ni identificar ninguna otra cosa.