miércoles, abril 01, 2009

Mis Relatos Semanales


TINTERO VIRTUAL CCCLXXXIV
RENACIMIENTO



Batalla de Zama, Aníbal y Escipión


*"Arse"


Tras la terrible crisis económica que esquilmó los hogares y las tierras de los pueblos mediterráneos estalló la Revolución. Con el hambre a cuestas día y noche no querían acordarse de cuando, apenas unos años atrás, habían dejado de arar sus campos, de podar los frutales y especularon con sus tierras obteniendo pingues beneficios que les permitió retirarse al descanso para el resto de sus días.

Los pueblos bárbaros y los capitalistas quisieron aprovecharse del caos y en ellos renació un espíritu ancestral que los llevó a reclutar cruzados economistas para la conquista de los lugares débiles y así imponer, de nuevo, sus normas.

En el pueblo de Arse vivía Pheber Optic, un extraño espécimen de la informática, poseedor de un elevado coeficiente intelectual que implementó el núcleo central de la programación tanto en código máquina como en el lenguaje ensamblador. En su retiro era un apasionado de la Historia, una mente inquieta que ya no quería ni necesitaba vender sus servicios para vivir, ni siquiera en esta crisis. Desde su atalaya construida en la parte antigua del pueblo a las faldas del castillo, y aprovechando las paredes de la muralla romana que serpenteaba marcando antiguos límites y protecciones, Pheber poseía un sistema propio para inmiscuirse en los sistemas ingeniados por el mismo a través de un agujero creado en la puerta trasera del Sistema Operativo Central que comunicaba todo el globo terrestre. Y así fue como supo con una semana de antelación que Arse iba a ser tomada y conquistada por el atractivo de sus costas y su potencial puerto comercial desde tiempos anteriores a los fenicios. Sería el comienzo de una terrible guerra global y desde allí partirían a la conquista de todo el Mediterráneo. El nombre de Arse ya formaba parte de la Historia Universal por su valentía y arrojo.

Se reunió con el consejo del pueblo, alcalde y concejales, los dos médicos, el cura y el guru y establecieron un plan. Fueron días de intensa actividad camuflada puesto que, aun expectantes y alerta, intentaban aparentar normalidad por si el enemigo estuviera oteando de lejos el lugar. En las casas se cosían todas las telas, colchones y trapos creando muñecos, del cementerio se desenterraron a todos sus habitantes, se construyó una inmensa zanja en el centro y se horadaron todos los barcos para que fueran haciendo agua lentamente, se desmontaron los motores que ponían en marcha las fábricas. Y así, en cada turno, prestos al trabajo y al sonido de la sirena, comenzaban una labor de desconstrucción inutilizándolo todo. Los niños y los ancianos fueron evacuados a través de un antiguo pasadizo construido en tiempo de los romanos, se dice que llegaba hasta Almenara, cuya entrada oculta estaba camuflada en la bodega de Pheber. Con los muñecos sustituían a los evacuados y, en última instancia, colocaron dinamita en la base de cada pilar, de cada cimiento, de cada hogar. Se ocultaron todos menos Pheber, el alcalde, dos guardias y el cura. Y esperaron.



Desde la atalaya de Pheber pudieron ver una inmensa serpiente de luces que avanzaba en dirección al pueblo. Vehículos de todo tipo, motos, furgonetas, viejos tanques robados al ejercito, bicicletas, infantería y a caballo, muchos de ellos borrachos de furia, otros de sangre y el resto simplemente con la afición por jugar una gamberrada; muchos avanzaban pisando la hierba que no volvería a crecer bajo sus pies radiactivos.



El alcalde hizo un gesto y asintió. Prendieron fuego en la zanja que habían llenado con los cuerpos muertos de sus seres queridos, con leña, ropas y bisutería. Los muñecos de trapo fueron lanzándose a la zanja ante los ojos de los primeros oteadores enemigos, con un solo botón se generaban chispas en los hogares que prendían fuego a las cortinas para que se viera desde bien lejos. Los bárbaros aumentaron la velocidad de su avance y cuando llegaron al pueblo pudieron comprobar el olor a carne quemada, el fuego devorando las casas y su furia se multiplicó por diez. Pheber y el grupo corrieron a esconderse en la muralla y un segundo antes de entrar en ella, con un botón, con una señal eléctrica, hizo detonar cada uno de aquellos explosivos tragándose a la cuarta parte de aquella expedición. En su retroceso se encontraron con otros pueblos que los buscaban para vengarse y se desperdigaron por el mundo debilitándose. Otra parte fue tragada en los barcos que acabaron hundiéndose con la tripulación invasiva en medio del mar.

Un mes estuvieron ocultos en el interior de las murallas y cuando salieron y contemplaron la desolación, pensaron que era el momento para unirse y volver a Renacer como ya hicieron ante las huestes de Anibal hace más de dos mil años.



ecumedesjours





S.XXI




S.XX




S.XIX


*La antigua Arse ibérica pasó a denominarse Saguntum en tiempo de los romanos tras la destrucción de la ciudad ante Aníbal dando paso a la 2da. guerra púnica, Morbiter con los musulmanes, Murviedro, Sagunto....


"Esa ciudad fue con mucho la más rica al otro lado del Ebro y está situada a casi mil pasos del mar; dicen ser originarios de la isla de Zacinto y están mezclados también algunos procedentes de Ardea, del pueblo de los Rútulos; por otra parte sus bienes habían aumentado hasta ese punto en poco tiempo ya sea por los recursos marítimos o terrestres ya por el incremento de la población ya por la integridad de su formación, por la cual respetaron la alianza con el aliado hasta su propia ruina"

(Tito Livio. Ab Urbe condita, XXI, 7)



"Aníbal levantó el campo y avanzó con sus tropas desde Cartagena, marchando hacia Sagunto...Aníbal, pues, acampó allí y estableció un asedio muy activo, ya que preveía muchas ventajas para el futuro si conseguía tomar la ciudad por la fuerza. Creía, en primer lugar, que quitaría a los romanos la esperanza de trabar la guerra en Hispania, y después que, si intimidaba a todos, volvería más dóciles a los ya sometidos a los cartagineses, y más cautos a los iberos que conservaban todavía independencia. Pero lo principal era que, al no dejar atrás ningún enemigo, podría continuar su marcha sin ningún peligro. Además, suponía que iba a disfrutar de recursos en abundancia para sus empresas, que infundiría coraje a sus soldados con la ganancia que cada uno lograría, y con el botín que enviaría procuraría la prosperidad de los cartagineses residentes en la metrópoli. Haciendo tales cálculos, proseguía el asedio con firmeza..."

(Polibio. Historias, III, 17, 1-8)


"...El propio Aníbal animaba en el sitio por donde se hacía avanzar una torre móvil que ganaba en altura a todas las fortificaciones de la ciudad. Cuando esta torre, una vez arrimada a las murallas, las barrió de defensores con las catapultas y ballestas colocadas en todos sus pisos, Aníbal, convencido de que era el momento oportuno, envió a unos quinientos africanos con zapapicos para socavar la base de la muralla. No era una tarea difícil, porque no se le había dado consistencia a las piedras a base de mortero, sino que estaban unidas con barro según el antiguo sistema de construcción, de modo que el muro se venía abajo en otros puntos además de los que recibían los embates, y por las brechas abiertas con los desmoronamientos penetraban en la ciudad grupos de hombres armados.

Ocupan además una posición elevada y, concentrando allí las catapultas y ballestas, levantan un muro para tener dentro mismo de la ciudad un fortín como ciudadela dominante. Por su parte los saguntinos levantan un muro interior delante de la zona de la ciudad no ocupada aún..., pero protegiendo el interior los saguntinos hacen la ciudad cada día más pequeña."


(Tito Livio. Ab urbe condita, XXI, 11)


"Por fin, tras ocho meses de asedio,...los saguntinos se refugiaron en la ciudadela y entraron en conversaciones, con el fin de saber si podían esperar su salvación de un compromiso honorable. Pero como Aníbal no ponía condiciones aceptables y ninguna ayuda llegaba de Roma, pidieron que se suspendieran los asaltos, diciendo que iban a discutir sobre su situación. En el curso de esta tregua, reunieron sus bienes más apreciados y los lanzaron al fuego. Los que no podían combatir se mataron. Los que podían hacerlo se lanzaron en masa contra los enemigos y fueron cortados en pedazos, con las armas en la mano."

(Dión Casio. Historia Romana)