sábado, noviembre 04, 2006

Mis relatos semanales

TINTERO VIRTUAL CCLVIII "HÉROES" II

“Héroes en silencio, manos blancas” , 5º lugar

Fragua - J.F.R.
















Mi padre me contó que, siendo un niño de nueve años, en el verano del 36, una noche muy cálida de agosto escuchó ruidos en la casa de enfrente. No se atrevía a mirar por la ventana abierta, ya que desde una tarde de julio en la que jugaba en la calle con otros niños tuvieron que volver a casa corriendo, desperdigados tras escuchar aquellas palabras que quedaron marcadas en la historia, ¡ha estallado la guerra! Desde entonces empezaron a ocurrir sucesos muy desagradables, llegaban camionetas, carros o coches a las casas, se llevaban a los padres de sus amigos y no volvían a verlos más. Mi padre tuvo miedo, mucho miedo, y sólo se atrevía a escuchar los ruidos y empujones con que se llevaron a uno de los ingenieros de la fábrica de los Altos Hornos.

Los Altos Hornos producían acero. Gracias a la aleación que un ingenioso ingeniero propuso se convirtió en el mejor acero de Europa. La ciudad costera en la que nació mi padre era principalmente agrícola, la gente se dedicaba al cultivo de la naranja y el nivel cultural no era de muchas miras al futuro por lo que trajeron a un grupo de ingenieros del norte de España para poner en marcha la industria del acero en la zona. Unos héroes que sabían construir trenes, maquinarias, y que trajeron la magia del cine.

Aquella noche se llevaron al padre de su nuevo amigo vasco. Lo supo al día siguiente, cuando desde la ventana de enfrente ya solo se escuchaban los lamentos de la madre, y cuando vio partir a su amigo con sus hermanos, vestidos de negro, de nuevo al lugar del norte de donde vinieron.

El padre de su amigo fue arrancado de su hogar aquella noche, conducido en una camioneta al cementerio de un pequeño pueblo aledaño llamado Canet de Berenguer. Estaba perplejo por el sueño y al bajar de la camioneta lo agruparon junto a otros compañeros ingenieros también y paisanos suyos. No entendían nada y pese a que ellos pensaban que debían estar tranquilos porque sus conocimientos sobre el acero les podría salvar de los asesinatos que los rojos cometieron en la guerra por tener las “manos blancas”, la tranquilidad desapareció cuando sintieron sus espaldas apoyadas a la tapia del cementerio uno al lado del otro. El padre de su amigo, en un impulso, comenzó a correr, saltó los nichos, los jardines, se encaramó a la tapia de la entrada y cuando ya solo necesitaba dar un salto al vacío escuchó unos sordos lamentos y una ráfaga que asesinaba a sus compañeros. Un segundo más tarde una segunda ráfaga hacia caer al padre de su amigo, ya sin vida, sobre el suelo del cementerio de Canet.

Hoy apenas nadie sabe esta historia, apenas nadie quiere conocerla, es como si necesitaran echar las culpas a un único bando cuando todos sabemos que en las guerras todos son asesinos y todos son héroes.

A mi padre, ingeniero y sabio

[ papagena ]

(Podría poner nombres, pero me dejaría al resto ya que mi padre no los recuerda. Puedo intentarlo:

Mulet y sus dos hijos,
Aguinaga,
Zarate Angulo e hijo, etc....
Indagaré en esta historia, por ¡Don Ramón de la Sota!)

2 comentarios:

Una mujer. dijo...

A veces me siento muy creativa y escribo más de dos relatos semanales, para ello uso otros alias, ya los iré presentando.

Este fragmento fue escrito a vuela pluma porque necesité hacerlo. Creo que cada generación debería pedir perdón a la anterior por el daño que haya podido sufrir y a la que llega por el posible que les pueda afectar. Indagaré y la escribiré.

Estoy aburrida de ver siempre los mismos nombres en las listas de víctimas, me enoja, me enfurece y me rebelo.

Quisiera que la gente se olvidara de una vez de rojos y fachas y evolucione por fin.

La conciencia, queridos lectores, despiertenla, la tienen anestesiada.

Una mujer. dijo...

Por cierto, quedó el 8º entre 26 relatos.

merci