miércoles, noviembre 15, 2006

Mis relatos semanales

TINTERO VIRTUAL CCLVII: "Hasta que te encuentre"

Hasta que te encuentre, "El sabor de la noche "

Era un hombre tan excéntrico y seguro de sí mismo que había conseguido llegar a hacer lo que le daba la gana.

– ¿Cuánto dijo que era el salario mensual?

– Dos mil quinientos euros.

– Bien, dos mil euros y una semana completa de descanso al mes.

– ¿Al mes?, ¿una semana?, ¡eso supone las vacaciones de tres años!

– ¿y?

– [ … ]

Un cocinero necesita una vida plena, ha de poner cariño en cada cocción, entusiasmo, dedicación, pasión. Un cocinero ha de ser apasionado y Armand lo era además de excéntrico y seguro. Armand nunca se hubiera imaginado en las cocinas de un hotel, apenas podría innovar, mucho buffet frío y menú estándar.

Realmente Armand no se llamaba Armand, su nombre verdadero era Teo, Teófilo. La cocina de Teo fue mundialmente reconocida y sus extravagancias también. Creó la pasarela de la cocina, generaba casi de la nada un plato elaborado o construía un finísimo mil hojas, de láminas transparentes con una finísima lámina de carne, de solomillo, otras láminas también finísimas de verduras, patata, berenjena, alternándose con más láminas todas ellas finísimas de… un deleite… y sus salsas… la presentación… Os diré que nuestro Armand elevó la cocina a lo más alto, la edad de oro de la cocina, todo el mundo hablaba de cocina, las novelas eran sobre cocina, las películas también trataban de cocina en todos sus aspectos, cocineros asesinos, cocineros enamorados, pasarelas de cocineros. Los diseños de cocinas y la gama de electrodomésticos no cesaban de innovar, fue un salto a las nubes. Teo amasó una fortuna y no gastó demasiado, vivía aquí y allá, invitado a todos los eventos a los que apenas podía acudir, solicitado para rodajes de publicidad, de películas, documentales, televisión, prensa, fiestas, trabajo, no tenía tiempo. Teo era un hombre tranquilo y feliz, le encantaba la alquimia de los fogones, el deleite buscando los sabores, buscando el tacto. Os contaré algo, hay una leyenda que cuenta como Teo encontró el punto de su famosa salsa imaginada:

Un duermevela tenía a Teo entretenido una noche en que su lengua soñaba por él con un sabor, lo tenía en la puntita de la lengua y deseaba saborearlo. En un momento en que Teo consiguió dormir el sabor fue extendiéndose cálido y dulce girando hacia tibio y con más fuerza, ya llegaba a la garganta cuando por fin iba a degustarlo y se despertaba una y otra vez. Decidió bajar a la cocina y buscar el sabor que invadía su sueño. Teo comenzaba a fundir una pizca de chocolate sin saber qué buscaba, estaba ensimismado en su lengua, en su sabor, calentó aparte un poco de agua y cuando estuvo tibia deshizo en ella unas pizcas de harina que Teo espolvoreaba como un brujo mágico sin esparcir nada fuera del cuenco, mezcló el agua y la harina con aquella pizca de chocolate, Teo no tenía prisa, mezcló todo aquello, apenas había elaborado una taza de aquél mejunje en el que introdujo un dedo y se lo llevó a la boca, cerró los ojos y escuchó una risa tras él. Silvia le estaba mirando mientras comía moras y fresas, a ella la despertó el hambre. Teo se acercó a Silvia y fue siguiendo el rastro de un olor peculiar, familiar… El rastro lo fue guiando a los labios de Silvia, Teo sacó la puntita de su lengua y la niña hizo lo mismo. Ambos sonrieron, Teo acababa de encontrar el sabor de su sueño, una mezcla de chocolate tibio y el giro hacia las moras y las fresas despacio, lentamente, a fuego lento como los besos que saborearon Teo y Silvia aquella noche, tibios, dulces, cálidos.

Teo no tenía propiedades, siempre había vivido alquilado, por capricho, en lugares que iba conociendo, además viajaba mucho, su residencia era simplemente como un baúl donde tener sus cosas recogidas. Lo único que había adquirido Teo hasta el momento en propiedad era arte, pintura y alguna antigualla caprichosa, el resto de su fortuna estaba prácticamente en metálico o en alguna inversión para evitar el expolio anual de la renta.

Teo salió corriendo una noche de su casa y Armand todavía no ha parado de correr. No creo que regrese.

Podían citarse en sus habitaciones, en la mejor suite del mejor hotel, pero siempre se encontraban en las cocinas. Al llegar la noche Silvia bajaba a la cocina y encendía uno de los fuegos grandes, le seguía fascinando cada noche el zumbido de la llamarada, adora el calor en su rostro y en su pecho, se sentaba sobre la mesa larga frente al fuego y esperaba a Teo. En aquella espera Silvia buscaba en la variada despensa comida, frutas, helados, zumos, frutos secos, miel… Teo no siempre bajaba, a veces se dormía, otras estaba de viaje y otras, siempre en la Luna llena, bajaba a reír con su musa, a crear. Teo tenía veintiocho años y Silvia diecisiete, era virgen y a Teo le parecía un acto de dioses empaparse de los sabores de una doncella, eran juegos de cachorros. Teo adoraba a Silvia, pero la adoraba tal como era y no deseaba cambiarla, se besaban, se daban placer, pero nunca hicieron el amor.

– ¿Por qué no hay fuego encendido, princesa?

– Teo...

– Dime...

– Ya no puedo volver… hoy hice el amor con...

Teo sufrió un ataque instantáneo de dolor, fueron tres estacas a la vez, en el mismo instante las tres, una dio en el estómago a la altura del ombligo, otra en el centro del pecho un poco hacia la izquierda, y la tercera en el cráneo, entre ojo y ojo. La vista de Teo se nubló, tuvo tiempo de sujetarse de la mesa y contener la respiración para que doliera menos, la cocina no resplandecía, los rostros estaban oscuros y fríos. Silvia se fue en silencio. No sé cuánto tiempo pudo pasar, Teo volvió muy despacio y al llegar a casa comenzó a embalar todas las cosas, preparó varias maletas y se tumbó en la cama ya de día, en silencio, con los ojos abiertos y mirando nada se durmió. Sonaba el teléfono y no respondía, llamaban a la puerta y no abría. Pasó dos días en casa haciendo llamadas, pedidos y se fue. Comenzó por el norte de Europa y su frío le llevó a refugiarse en Córcega, un amigo le citó con el gerente de un Hotel en un bellísimo rincón de la isla.

Teo desapareció aquella noche en que su musa se fue en silencio y Armand sigue soñando con sabores y, cuando llega la noche en luna llena baja a la playa, entra lentamente, dejando que el agua tibia del mediterráneo lo acaricie en cada poro, saca la puntita de su lengua y mezcla el sabor que trae de su sueño con el del mar.


[ ecumedesjours ]

1 comentario:

Una mujer. dijo...

Otro relato que pasó sin pena ni gloria, demasiado extenso para el Tintero y quizá confuso.

La idea es bella, lo retocaré.