jueves, mayo 29, 2008

Mis Relatos Semanales





Cuentos 1001 palabras LXXV: Después del conflicto

"Revolución"



Los rayos del sol apuntaban con fuerza, y caían intensos sobre el sucio asfalto de las calles levantando olores humanos que impregnaban con repulsión mis fosas nasales, y llegaban a penetrar mi garganta llevándome a la nausea y al vómito posterior. Acres, ácidos, orines y sudores me hacían sentir repulsión por la masa humana que caminaba detrás y delante de mi. Intentaba que aquella masa que avanzaba por la avenida no me rozara. Caminaba encogida con las manos en los bolsillos y mirando el suelo para no pisar más restos que aquellos humanos sin escrúpulos soltaban en cualquier lugar de la vía pública. No estaba previsto que el calor de un verano llegara en primavera, tampoco estaba previsto que yo me quedara sin trabajo, como ellos. ¿Crisis?, ¿qué crisis?, el país va bien, dijeron, la economía reflota, insistieron, el mundo es feliz y nosotros no existíamos para ellos. Caminábamos en la misma dirección hacía la oficina de desempleo y conforme me acercaba el olor era más profundo y nauseabundo. La cola era inmensa y mi estómago estaba demasiado vacío como para llegar a superar la extraña jornada que me esperaba.

Me desperté en un callejón oscuro desnuda, sucia y con el peso de dos cuerpos desplomados sobre mi; uno estaba muy frío y el otro balbuceaba sonidos lastimeros. El cuerpo frío estaba muerto y me puse su gabardina apestosa y ensangrentada. Había estallado una revolución y yo me había quedado fuera de todo. No había necesidad de llaves para entrar en mi casa vacía, los bancos se habían apoderado de mis pertenencias y mi gatita estaba escondida en un armario. Me abracé a ella y salí a la calle a mendigar para las dos, pero no había nada qué mendigar. Nos arrastramos por carreteras y caminos abandonados hasta que el roce de unas balas por mi cuerpo me tumbaron en la cuneta. El terror paraliza y más todavía cuando se desconocen los motivos y las procedencias. Y allí, inmóvil, estuve hasta que unos hombres volvieron a arrastrarme hacía unas trincheras donde me violaron uno tras otro. Yo no sentía nada, seguía teniendo el olor nauseabundo pegado en mis entrañas, el olor ajeno se había mezclado con el mío propio hasta que alguien debió sentir lástima por mi y me arrastró hasta su lecho. Esperaba más golpes cuando recibí caricias de una anciana que soltaba disparates y juramentos contra la maldad de los hombres. Y a sus cuidados me entregué y como madre la adopté y pasaron los días, las noches y los meses mientras en mi vientre se gestaba la vida de algún desgraciado como yo. La Revolución fue efímera y sofocada por un ejército de cascos azules que, avergonzados, quisieron esconder el horror y la miseria que había estallado ante el hambre de una sociedad educada como capitalista que se había quedado sin valores, sin orgullo, sin nada.

La humanidad quiso esconder el estallido y el transcurso de aquél conflicto que yo ya no podría borrar jamás. Y llegó el momento del parto y un dolor sacudía mis entrañas y yo no quería darle la vida a aquél pequeño sin culpa y me negué a su nacimiento. Cerré mis piernas conteniendo las contracciones de mi vientre, las crucé haciendo más fuerza que el dolor y sentía como aquella pequeña cabecita quería salir y no la dejé. Y así nos encontró la anciana que volvió a arrastrarme y nos enterró como pudo en una zanja que fue trinchera para convertirse en mi sepultura después de aquél conflicto. Y las semillas decidieron posarse en la tierra de mi polvo, y crecieron, y florecieron y me escondieron para siempre.

[ecumedesjours, Relato ganador]


2 comentarios:

Toñi dijo...

Qué relato tan duro, amiga. Y la fotografía, es tan ... no hay palabras. Terrible.

Viviana dijo...

Fantástico, cada palabra evoca cien imágenes. Felicitaciones.
Buen jurado el de ese concurso.
Cariños