domingo, mayo 27, 2007

Mis Relatos Semanales

TINTERO VIRTUAL CCXCVIEl balcón



“Calle Tintero”

Me despertó el sudor del mediodía, había pasado mala noche y el sueño tardó en recogerme. Me di una ducha y abrí el balcón, todavía entraba más calor de la calle del que ya había dentro de la casa, y el sofoco de llantos, de ruidos de patadas, hizo que me asomara a la calle medio desnuda. Los balcones y ventanas de los demás hogares también estaban abiertos, y los que permanecían cerrados no tardaron en abrirse aun teniendo el privilegio de poseer ventiladores y aire acondicionado.

En la calle se representaba un espectáculo insólito, una pareja de ancianos decrépitos apaleaban con sus bastones a unos jóvenes indefensos ante el respeto de las canas violentas. Los balcones miraban sin parpadear y sin abrir la boca, la gente en la calle pasaba de largo, algunos se daban la vuelta para seguir mirando sin hacer mucho caso ya que soñaron o pensaron que nada era real, una alucinación por el calor sofocante que auguraba una portentosa tormenta.

– ¡Quietos!, ¡Basta! – grité sorprendida por ser la única persona que parecía tener voz.

– ¡A callar! ¡Metete en casa! – dijo el viejo sin dejar de golpear a diestro y siniestro a los jóvenes ya maltrechos.

Su bastón estaba teñido del color intenso de la vida y en el rostro de la vieja resaltaban sus ojos de sapo salpicados de sangre joven dándole un aspecto terrorífico.

Llamé a la policía y bajé a la calle envuelta en un albornoz, cuando puse los pies en el asfalto los viejos se lanzaron hacia mi y volví al interior del patio de mi casa para protegerme. Aporrearon la puerta y rompieron los cristales.

– ¿A qué viene esta violencia?

– ¡A callar! – repetía el viejo –

– ¡A callar! – coreaba la vieja – ¡La calle es nuestra, llegamos aquí hace cinco años y ningún niñato nos va a desplazar de estas aceras ni de estos bancos!, ¡Faltaría más!

No daba crédito a aquellas palabras, pues hacía más de siete años yo ya me había sentado en aquellos bancos junto a otros vecinos a charlar de nuestras cosas y de los últimos libros que habíamos leído y aquellos rostros eran completamente desconocidos para mi. Afortunadamente la policía no tardó en llegar y fueron rápidos apoderándose de sus bastones. El viejo amenazaba a los policías y la anciana se protegía tras sus espaldas, entonces me atreví a salir y me dirigí a auxiliar a los tres muchachos malheridos, uno de ellos ya sin vida, completamente roto. Lloré amargamente y miré hacia arriba, hacia mis vecinos silenciosos, todos ellos culpables del crimen allí cometido.

Pronto llegaron ambulancias, auxiliaron a los muchachos todavía vivos y al muerto lo enfundaron en un saco negro, el sonido del cierre de aquella cremallera hizo una cicatriz en mi vida. A la vieja se la llevaron con facilidad pero el viejo seguía gritando:

– ¡La calle es mía!, ¡la calle Tintero siempre ha sido mía!

Unos dicen que fue el calor, otros el preludio de la tormenta y los que más culparon a la locura senil de una vida vacía. Mis antiguos vecinos, ya repartidos por mejores barrios, no daban crédito cuando leían las noticias del suceso de aquél barrio tranquilo que siempre fue libre hasta que aquellos ancianos intentaron tomarlo como suyo.


[ ecumedesjours ]