domingo, diciembre 17, 2006

la puerta abierta...

Edward Hopper, Rooms by the Sea, 1951
















Edward Hopper

Rooms by the Sea, 1951
Óleo sobre lienzo, 29 x 40 pulgadas
Yale University Art Gallery, New Haven, Connecticut



Y entré.

Y habité entre las paredes donde el blanco resbala vacío, un gran espacio donde las palabras, los gemidos, los llantos y quejidos harán crepitar al eco sordo de los espacios etéreos y evanescentes. La misma niebla de los ríos y de los lagos embadurna este espacio frío y aterido. Trae tu fuego junto al mío y que arda la leña de las letras. Sé que va a hacer mucho frío, trae mucha leña contigo, toda la que puedas.

Empezaremos quemando las cargas, las he dejado afuera para que no estorben al eco ni a la niebla. Mi primer tronco serán los sacrificios, le seguirá los troncos de la culpabilidad por lo hecho y lo no hecho, lo dicho y no dicho, las oportunidades perdidas, las flechas lanzadas. Los troncos del olvido son los más difíciles de reunir, requieren un esfuerzo sobrehumano que no puedo recorrer todavía, los iré amontonando tal como surja cada recuerdo olvidado, ya que aparecen y se esfuman, no es fácil cazarlos y no quiero prepararles el cebo. Les seguirán los cadáveres del camino, quizá a alguno lo encuentre junto a la leña del olvido y más tarde arderán los pecados cometidos, las faltas voluntarias y las involuntarias, los pensamientos, las intenciones. Arderá el odio, la estulticia y la vanidad; la llama de la furia invadirá la noche en un fugaz instante y bajará de nuevo a ras de suelo, alimentaré entonces la llama con el dolor sufrido y se apagará durante varios días por todas las lágrimas derramadas.

Será entonces cuando un fuego nuevo calentará la estancia, le dará los tonos de las sensaciones, pero llegar aquí es el grial de toda conciencia, del ser pensante. Es crear una dimensión aparte de las conocidas, donde solo hay dos llaves y una sola no tendría sentido. Un exorcismo previo a la paz... no suena mal, ¿eh, mon clochard?

Un Palacio... donde crepitan los ecos, donde se expulsa y se blasfema, donde llega la paz interior y alguien te acompaña. Un cuerpo limpio envuelto en niebla cálida surgida de ríos y lagos, un vaho etéreo, evanescente y perfumado. Una mente limpia, sin memoria en ese presente; el alma a flor de piel, oferente, dispuesta a mezclarse. Posee antídotos contra ciertas ponzoñas, pero aún así corre el riesgo de resquebrajarse.

No más leña culpable, ¡que ardan las pasiones creativas en todas sus formas!