viernes, diciembre 01, 2006

Mis relatos semanales

TINTERO VIRTUAL CCLXXI: "Un cuento"


"El hombre del saco"

[ relato finalista, 2º ]


Edouard Manet  - “El Trapero”, 1869















Erase una vez...







... una familia feliz que vivía en un valle entre dos montañas y sus ríos. Tenían una gran extensión cultivada con trigo y Juan trabajaba durante todo el tiempo que el Sol, majestuoso, iluminara los campos. Julia cultivaba una pequeña huerta con tomates, judías y patatas, cuidaba de los dos niños y de su tesoro: un invernadero que Juan construyó para que pudiera cultivar sus famosas rosas por todo el mundo hasta entonces conocido.

La cosecha ya estaba casi lista y, como todos los años, se levantó de noche para llegar pronto al mercado y conocer los precios del trigo y así fijar la venta. Se detuvo frente a la chimenea y apuró el café pensando en su próspera felicidad. Tomó uno de los tizones, removió las cenizas, avivó los rescoldos y puso dos troncos para que, al levantarse su familia, encontrara caliente la casa.

Ya de vuelta al hogar, satisfecho y sonriente, iba haciendo cálculos sobre las futuras ganancias de la cosecha, todo ello sin contar los doblezones que aportarían las rosas de Julia engalanando a las novias más famosas.

Poco a poco la noche fue cubriendo con su manto a Juan y lo inquietó, vio a lo lejos un resplandor y un latigazo de terror recorrió todo su cuerpo cuando sintió el aroma del grano tostado y quemado. Su cráneo quedó congelado al instante, pero el resto de su cuerpo reaccionó echando a correr en dirección a su casa. El horror comenzó a derretir su mollera cuando atravesó, en una espantosa carrera, los terrenos ya calcinados y humeantes en los que esa misma mañana aún tenía toda su felicidad.

Gritó al cielo cubierto de humo y sin estrellas las mil y una blasfemias; se arañó la cara, las ropas, se arrancó el cuero cabelludo a pedazos, se revolcó entre las cenizas, entre brasas y rescoldos, se quemó sus heridas una y otra vez mientras provocaba nuevas heridas; chillaba, graznaba y bramaba. Apenas él mismo distinguía el nombre de sus hijos y de Julia cuando los llamaba a gritos buscándolos entre las cenizas y las piedras.

Nada encontró, nada quedó más que el aroma del humo de la desolación.

Y, como siempre, amaneció. Porque pase lo que pase no se conoce todavía ningún día en que el Sol, majestuoso, se olvide de amanecer; ni siquiera ese día en que el mundo de Juan dejó de existir.

Y echó a andar sin rumbo durante días, semanas, meses y años.

Sobre él recayó una terrible leyenda. Juan dejó de ser Juan para convertirse en un monstruo cubierto de negras cicatrices, hilachos enmarañados de pelos retorcidos. Se cubría de pieles de pequeños animales que, con el paso de los años, habían quedado adheridas a su pellejo carbonizado. No tenía pestañas, ni sonrisa, ni labios, ni dientes y de sus ojos solo quedaba la fina línea que el peso de la costra legañosa sobre sus párpados le permitía abrir. Así que su visión quedó reducida a esa fina línea que cada vez se iba estrechando más y más hasta cerrarse del todo y con ella apagar, por fin, la vida de aquél desgraciado.

Desde aquella noche aciaga Juan recorrió más allá del mundo conocido, allí donde nadie hubiera podido oler las rosas de su amada Julia. Se convirtió en un alma salvaje y en pena, arrastrando un saco vacío que alguien un día le dio con comida para que pudiera guardar lo que fuera encontrando.

Los niños tenían miedo, pero eran niños y curiosos, salían a su paso a buscarle escondidos entre los árboles, cuando el monstruo los veía intentaba llamar a sus hijos pero el sonido gutural de su voz había quedado anulado cuando desgarró sus cuerdas vocales y los niños salían despavoridos creyendo que quería guardarlos en el saco y comérselos después.


Y, colorín colorado...

Dedicado a los monstruos de los cuentos

clochard