martes, noviembre 06, 2007

Mis Relatos Semanales

TINTERO VIRTUAL CCCXIV-LA PUERTA DE ATRÁS





"La Puerta del Parnaso"





La casita del jardín era el Parnaso de Bruno, allí pasaba las horas de las tardes y las noches de los días. Escribía y escribía hasta la extenuación, la pluma corría y las hojas de cáñamo volaban con la brisa del desespero por la habitación. Nunca contento, su carácter iba cambiando hasta desplomarse. Cuando el sueño comenzaba a vencerlo sabía que su pluma había dibujado una tinta absurda, unas letras faltas de energía que no se correspondían con lo escrito y ya casi olvidado en la noche anterior. Del enojo pasaba al llanto, y del llanto al sueño. Soñaba con la noche, las estrellas eran sentimientos y palabras cifradas, acababa despertando y volvía a la casa, a su Delfos, dónde se dejaba guiar hacia el sonido suave del sueño respirado por la esposa durmiente, y lo leído, lo escrito y lo soñado, se confundía en su mente anulando los recuerdos.


Julia había entrado por la puerta trasera de la casita del jardín mientras su padre soñaba con revoluciones y aventuras, y cuando Bruno ya estaba en el lecho abrazado con mamá, la niña recogía las hojas, las ordenaba, las leía y comenzaba a escribir apasionada adoptando la escritura del padre que tan bien imitaba. Cuando la luz del día asomaba, frágil y tímida sin llegar a romper la noche todavía, volvía a salir por donde había venido, por la puerta de atrás, no sin antes haber lanzado, mientras bailaba, las hojas de papel de cáñamo que tanto gustaba pintar. Al despertar remoloneaba por el sueño atrasado que sólo ella conocía y los mimos de mamá conseguían traerle de nuevo a la vida diaria.

Cada tarde Bruno volvía a su Parnaso, recogía las hojas, las ordenaba, las leía sorprendido y comenzaba a escribir apasionado, hilando la historia y las palabras que su hija le había dejado mientras dormía y soñaba.

Ocurrió que Julia crecía y sus padres le regalaron un viaje por Europa con su prima Teresa, unos años mayor, para que ampliara su visión de las cosas y pudiera saber del mundo más allá conocido hasta entonces que no era otro que una villa campesina tranquila y acogedora.

Y así fue cómo el padre conoció la locura a los pocos días de la marcha de su desconocida inspiración. La historia escrita hasta entonces comenzó a perder agudeza, se convertía en absurda y las situaciones incoherentes. Su editor le apremiaba, los plazos se alargaban, la novela debía terminar. Bruno salió de su Delfos, atravesó el jardín y cruzó la entrada del Parnaso, llevaba una soga entre sus manos ya anudada y preparada para enganchar a la viga central. Al subir a la mesa donde escribía vio la carta de su hija que le anunciaba un regreso inminente, un gran cariño y la ilusión del retorno a la villa donde era feliz. El padre, con lágrimas en los ojos, quemó la cuerda y se fue a buscar a la madre abrazándose a ella.

A los pocos días la muchacha llegó al hogar y comenzó la ceremonia de la inspiración tan anhelada, volvió a introducirse en el Parnaso por la puerta de atrás, a bailar su danza mientras dejaba caer las hojas de cáñamo dibujadas con la tinta de la pluma paterna y marchó a casa, de nuevo, antes del amanecer y por la puerta de atrás.

A la mañana siguiente el padre volvió a recoger las hojas, las ordenó, las leyó y encontró el final de su magnífica novela, y en una única hoja dos palabras escritas en letra mediana, idénticas a su puño y letra donde leía: “Te quiero”.



[clochard]



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