domingo, agosto 12, 2007

Mis Relatos Semanales

TINTERO VIRTUAL CCCVI - "una Isla Desierta"



"La condena de la memoria"

Los invitados de Otto comenzaron a contar historias de esas que se cuentan en las primeras noches de Agosto, echados sobre la hierba mientras contaban las estrellas.

Y Otto contó la suya. Había sido un surfista de prestigio, y todavía lo era. Años atrás naufragó con su tabla de surf por las playas del Caribe, estuvo día y medio a la deriva y pocos lo iban a echar en falta, el campeonato había terminado, todos volvían a sus lugares y él decidió quedarse unos días de descanso y aventuras en solitario.

Llegó perdido y agotado a la costa de una pequeña isla al atardecer del día siguiente, a un oasis.

– Un hombre me recogió.

Bebí agua y chupaba de las frutas, Watt me salvó la vida. Era increíble, maravilloso, tenía de todo, varios depósitos de agua, generadores, un ordenador portátil sin estrenar, una librería inmensa, un gramófono, pero apenas nada había sido utilizado. Estaba bien provisto de ropas, mobiliario, material y herramientas. Una casa robusta, muy cómoda, un capricho de millonario que no acababa de encajar en Watt que más bien parecía un retrasado mental y feliz.

Aquél hombre no sabía nada de sí mismo, lo único que sabía era la necesidad del hambre y las tareas fisiológicas, todo cuidado y hasta refinado. Watt no existía, había desaparecido por su propia voluntad. Solicitó una damnatio memoriae voluntaria, su memoria fue eliminada, borrada, como cuando formateas el disco duro de tu ordenador, y lo mismo hizo con su existencia. Encargó que se eliminaran todos los documentos que pudieran devolverle a la vida, registros y padrones. Y sí, realmente, todo aquello era el montaje de un millonario caprichoso que había cometido un terrible delito del que había salido impune y no podía soportarlo a la vez que tampoco era capaz de quitarse la vida.

Un día le hice un gesto a Watt acerca de usar el ordenador y él asintió sin darle importancia. Apenas pudimos ver cinco o seis minutos de su pasado, lo que duró aquella vieja batería. Lo suficiente para intuir la tragedia y ver llorar a Watt, pero sin sentimiento, de pronto pasaba a una sonrisa ingenua. No se enteraba de nada más que de su instinto, pero intentaba protegerme y halagarme, ser un perfecto anfitrión. Sabía usar los cubiertos, cocinar, comportarse, era aseado y trabajador. Era buen cocinero, conocía bien los frutos de la isla y poseía un bunker por despensa.

Al octavo día me llevó hacía el este de la isla, allí tenía dos barcos pequeños, uno con motor y otro de pesca. Me dio a escoger. No puedo olvidarle.

Un año después, entre unas cosas y otras, regresé. Fui a devolverle su barco, no parecía entenderme, se había olvidado de mi, como si todos los días acogiese a surfistas perdidos. Pero cuando miraba su barco, lo miraba receloso, como si le sonara de algo e intentara saber de qué y por qué. Era el guarda islas que conocía cada grano de arena y de tierra, y el agua.

– Y, ¿qué pasó?

– No tengo idea, tampoco Watt era su nombre. Él señaló la W de un cargador la primera vez que le pregunté su nombre y como Watt respondía. No me preguntéis más, ya que nada más sé.

Hubo un largo silencio y una estrella recorrió el firmamento siguiendo a otra, y a otra, y a otra...

[ecumedesjours]

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*Una damnatio memoriae es la condena judicial de la memoria de alguien, lo cual conlleva la destrucción de cualquier vestigio material de ese recuerdo. Es una práctica que se da en el mundo antiguo (Egipto y Roma) y, con matices, también en nuestros días. Damnatio memoriae es una expresión latina que, literalmente, significa “condena de la memoria”, más específicamente, “condena judicial”.