martes, octubre 16, 2007

Mis Relatos Semanales






TINTERO VIRTUAL CCCXIII: “El desván”









El desván de Caronte

El abuelo agonizaba lentamente, parecía caer sobre un pozo sin fondo. Mi madre y sus hermanos estuvieron debatiendo sobre su último deseo mientras yo los escuchaba haciéndome el dormido. Mamá lloraba y les insistía a mis tíos:

– No podemos enterrar a papá en esas cajas de naranjas

– Oh, vamos, y qué más da, es su ilusión

– Por favor, Alfredo, ¿cómo vamos a enterrar a papá en esa caja tan horrible?

– Julia... papá lleva varios años preparando su último reposo, esa caja tan horrible la ha hecho con sus manos, con las maderas de las cajas de naranjas que nos han permitido vivir todos estos años, no las desprecies.

– Alfredo, me niego. Si lo hacemos no me lo perdonaré nunca.

Hubo un silencio demasiado largo que me permitió escuchar la última agonía de mi austero abuelo. La verdad es que fue un hombre huraño, a veces me acercaba a su lado llevándole el martillo, lijas y clavos mientras él fabricaba una gran caja y me decía que era igualita que la barca de un tal Caronte y que pensaba llegar con ella a los infiernos, le pregunté dónde colocaría la vela y me soltó una colleja para que me alejara. Los siguientes días se encerró en el desván y no volvió a consentir que me acercara a su lado.

La puerta de mi habitación se abrió despacio y mamá se sentó en mi cama.

– José, sé que no duermes y el abuelo acaba de morir, ¿quieres despedirte de él?

Abrí los ojos y me incorporé de un salto, abracé a mamá y le dije que lo sentía mucho, que cuidaría de ella puesto que yo era el único hombre que habitaba ya en su vida. Me levanté y le acompañé. El abuelo dormía, por fin, plácidamente, había llegado al final del pozo y la muerte se lo había llevado. Le di un beso en la frente y le deseé el mejor de los viajes en la barca de Caronte.

– ¿Caronte? – preguntaron todos a la vez –

– Si, el abuelo me dijo que haría su último viaje en su caja de Caronte.

– ¿Lo ves? – dijo el tío Alfredo a mamá – Es su último deseo, no podemos contradecirle.

– ¡No!, si lo hacéis no volveré a hablaros.

– Julia, ¡es su último deseo!, no podemos negárselo.

– Papá lo ha hecho para que no nos gastemos ni una moneda en su entierro, ¿por qué siempre tuvo que ser tan tacaño?, hasta en la muerte.

Mis tíos comenzaron un ritual, sacaron las ropas que mamá había estado preparando los últimos días para vestir por última vez al patriarca de la familia, mamá me acompañó a la habitación y escuché sus pasos deslizarse blandamente por las escaleras que subían al desván, a los pocos minutos escuché golpes y crujidos de maderas a los que siguieron las carreras de mis tíos y la mía.

Cuando entramos al desván nos encontramos a mamá con el martillo en la mano derecha, en alto, y con la izquierda tapaba su boca horrorizada, había destrozado la caja, las maderas que se usaban para empaquetar las naranjas eran finas y frágiles y en pocos minutos mamá había destrozado la caja de Caronte dejándola inservible y mostrando el recelo de mi abuelo que forraba las paredes y hacía confortable el lecho para aquél último reposo. Mamá se desplomó y rompió a llorar, corrí a su lado, a recogerla del suelo, era imposible calmar sus sollozos y apenas entendía sus palabras, mis tíos habían enmudecido ante aquella visión.

– Papá, ¿por qué? – repetía una y otra vez mi madre –


Han pasado veinte años desde aquella noche. Las cosas fueron mejorando con la muerte de mi abuelo, y mi madre sigue repitiendo aquella pregunta, ¿por qué, papá, por qué?.
Aquella noche, cuando por fin mi madre consiguió levantarse del suelo bajó al lecho donde dormía eternamente el abuelo y le preguntó, ¿por qué?, lo zarandeó una y otra vez, ¿por qué papá, por qué lo has hecho?, mientras mis tíos recogían más de quinientos mil doblezones en billetes de diez con los que mi abuelo había forrado su rústica y confortable caja de madera.


[ecumedesjours] - 5ª posición


*Basado en hechos reales...




Francisco de Goya y Lucientes
Saturno devorando a un hijo, 1819-1823
Óleo sobre revoco trasladado a lienzo, 146 x 83 cm.
Museo del Prado, Madrid