sábado, enero 06, 2007

Mis relatos semanales


TINTERO VITUAL CCLXXVI: "El idiota"

Nabucodonosor en el libro de Daniel, William Blake
















William Blake
Nebuchadnezzar, 1795 - 1805 (Nabucodonosor)
Tate Gallery, U.K.



"El idiota"

Hace un sol de justicia para esta fría mañana de enero. Jeremiah se ha levantado triste y cansado, no puede permitírselo. Dentro de dos horas se reúne con su consejo de administración, ha de tomar una decisión de millones de euros y tiene la sensación de que eso no le importa nada. El Audi que le lleva a su despacho se detiene en un semáforo y desliza el cristal oscuro de una de las ventanillas. Es la primera vez que Jeremiah baja ese cristal, se despide de su chofer, prefiere ir caminando, quiere relajarse, le dice. Sin ser consciente de que se encuentra todavía a quince kilómetros de distancia de su despacho comienza a pasear sin rumbo, mirando hacia adelante, al horizonte y al cielo. Recuerda cuando Julia le pedía constantemente que lo hiciera: “Nunca te olvides de mirar al cielo, a la noche, al sol y a las estrellas, a la luna, las nubes, al infinito horizonte”, y también recuerda cómo la perdió y cómo se olvidó de soñar.

Jeremiah se cruza con un par de carteristas, uno tropieza con él, le quita la cartera y se la pasa al compañero, no hacia falta tanto recato, ni se ha enterado el pardillo.

Continúa caminando y recuerda el esfuerzo, la lucha, las traiciones sufridas cuando alcanzó el puesto de Director General con tan solo 32 años, sacrilegio, Vicepresidente con 35 y Presidente del Consejo de Administración con 42 años, gran ofensa para los dinosaurios antediluvianos de la empresa. Jeremiah sonríe con una triste mueca, ¿para qué tanto esfuerzo?, ¿para qué tanto cash flow, coach, e-learning, team-building?

Siente un pinchazo en el pecho que se extiende hacia el brazo, le duele respirar. Detiene sus pasos, se ahoga, el corazón dispara su baile arrítmico y cae de rodillas; su cara se retuerce de dolor y nadie le presta ayuda, le duele tanto que no puede hablar, su cara se desploma contra el asfalto y su cuerpo muere.

Jeremiah abre sus ojos en ese tránsito que a veces imaginamos, ve su cuerpo retorcido, se ve a sí mismo con la nariz rota y aplastada contra el suelo, el espectro que lo anima está inmóvil contemplando el absurdo final de su vida. Llega la policía y se lleva en un saco su cadáver desconocido al depósito municipal, a la espera de informes de forenses y a la aparición de familiares.
Un ángel con grandes alas semiplegadas le toca en el hombro

– Bueno, ya pasó, ¿cómo estás?

El pobre Jeremiah está muy confuso, sigue pensando en el absurdo éxito de su vida, sus méritos profesionales y sus fracasos como hombre, ni siquiera mira al ángel.

– Eh – le dice suavemente – ven conmigo, es normal cómo te sientes, estás confuso. Yo ya he olvidado como me sentí, han pasado muchos siglos de mi muerte, ya tengo mis alas, ven conmigo

Jeremiah se da la vuelta y contempla al ángel mientras despliega sus enormes alas con orgullo y le tiende la mano. El ángel también está confuso, nunca había visto un espectro difuminarse, Jeremiah se apaga y se enciende, los espectros no lloran, piensa preocupado y se le escapa el pensamiento:

– Los espectros no lloran – piensa el ángel en voz alta –

– Los idiotas si – dice Jeremiah entre sollozos –

Y... el ángel contempla en silencio como el espectro de ese idiota que ha derrochado lo mejor de la vida se borra con sus propias lágrimas... para siempre.


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