jueves, febrero 15, 2007

Mis Relatos Semanales


EL RINCÓN DE SHEREZADE - Los Cuentos de las Mil y Una Palabras XXIII

"El Hotel" - La Rosaleda

La bella azafata me despierta, estamos llegando al aeropuerto de Barajas, allí tomaré otro avión a Valencia y siento que necesito conducir. Hace ocho años que salí de España, mi familia venía a visitarme con frecuencia y como nada tenía allí no busqué la oportunidad de volver, pero... ¡cuánto echo de menos conducir!. Así que decido perder el avión y alquilar un coche.

Bajo la ventanilla y viajo sin prisas oliendo el paisaje, la última vez que hice este recorrido la carretera era sinuosa, de doble sentido y cargada de un tráfico pesado de camiones, tenía veinte años.

La verdad, no sentía ningún interés especial por volver, mi madre lleva más de un año pidiéndomelo, pero su última carta suplicatoria ha quedado grabada para siempre.

Me reconforta comprobar que el otoño no ha cambiado en estos campos cargados de ocres, verdes y amarillos y esta sensación se une a una mezcla de placidez y cierta amargura que siento desde que descubrí que mi vida tiene un sentido, una responsabilidad, una misión.

Nací en un pueblecito de Valencia pegado al mar, donde las huertas, el azahar y las palmeras son acariciados por la sal y la espuma. Mi familia posee un pequeño Hotel en la orilla del mar, mi tía Luisa es una excelente cocinera, y mi madre le ayuda en la cocina, compra de suministros y relaciones públicas. Mi padre se ocupa de la administración y mantenimiento, y trabajan con nosotros siete personas más con los camareros, camareras y pinches.

Luisa se está muriendo, tiene un cáncer que va avanzando sigiloso y a traición. Mi tía perdió el habla de niña, yo creí que era muda de nacimiento, pero ahora lo sé todo.

El Hotel es de dos alturas con ocho apartamentos en cada uno, doce de ellos los alquilamos y nosotros ocupamos el resto. Lo más rentable del negocio es el Restaurante, aparece en todas las guías de buena cocina y lugares con encanto. Posee tres jardines, uno delantero que se entremezcla con la arena de la playa y columpios para los niños, otro en un lateral adornando el parking y el jardín privado en la parte de atrás, la hermosa y amplia rosaleda de la tía Luisa.

Mis padres han recibido ofertas muy atractivas para vender el Hotel, a veces han sido cantidades desorbitantes y yo no entendía porque se negaban a venderlo, hasta que leí la carta de mamá desvelando mis dudas y atrayéndome, definitivamente, a mis orígenes.


"La pequeña Luisa se había quedado podando la rosaleda de su madre. Sus hermanos y su padre estaban en los campos que rodeaban la gran alquería por la parte de atrás, poseían una gran extensión de huerta. De pronto Luisa escuchó los cascos de los dos caballos de sus hermanos y se fue a toda prisa a la cocina, se extrañó de que hoy vinieran antes, pensó que tendrían más hambre de la acostumbrada y se apuró a encender los fogones. Su madre había muerto hacía dos años, Luisa a sus catorce años era una gran cocinera y cuidaba de la familia. Se lavó bien las manos y guardó el veneno con el que había estado rociando los rosales que habían enfermado, cuando de pronto, se dio la vuelta y vio su cocina invadida por seis bandidos cuyas ropas estaban manchadas de sangre fresca. Arrastraban consigo a dos prisioneros, un joven desconocido y magullado y su hermano Juan, el pequeño de diez años, mi padre, deformado por los golpes y la sangre. Aquellos bandidos manosearon a la pequeña Luisa, se apoderaron de la casa y las bodegas y le apremiaron para que llenara sus estómagos. Luisa estaba cocinando una gran olla con verduras a las que solo le faltaba añadir el arroz. Vigilada por dos de aquellos bandidos que la manoseaban mientras se movía ágil, nerviosa y tensa por desconocer qué habían hecho con el resto de sus hermanos y su padre, echó mano de los últimos ingredientes. El caldo bullía, lo probó, echó un chorrito de aceite, una pizca de sal, unas hebras de azafrán, un buen chorro de veneno para los desconocidos parásitos de sus rosas camuflado, de forma inocente y sin premeditación, en una botella de vino blanco avinagrado y, por último, el arroz.

A los veinte minutos exactos aquella pandilla de bandidos ya estaban sentados en la mesa, Luisa fue sirviéndoles y dijo sus últimas palabras:

“Esperen a que se enfríe”

Aquellas bestias no notaron el sabor amargo hasta la última cucharada, apenas se retorcieron y dedicaron su último aliento desplomando su rostro contra los platos y la mesa.

Luisa, llorando, nerviosa, se fue hacia su hermano, lo lavó, lo curó y lo mismo hizo con el otro pobre desgraciado. Salió corriendo a los campos y fue encontrando los despojos sin vida de sus dos hermanos y su padre. Volvió a la casa sin dejar de llorar, cogió los caballos y arrastró los cuerpos a la rosaleda donde su padre había enterrado a la madre dos años atrás. Los lavó, los envolvió en sábanas y comenzó a cavar sin dejar de llorar. La noche le sorprendió, se acercó el desconocido y sin hablarse le quitó la pala de las manos y cavó durante toda la noche para poder enterrar a la familia de aquella niña que le acababa de salvar la vida. Los cuerpos de los bandidos fueron metidos en sacos llenos de piedras y arrastrados con la barca del padre mar adentro. "

Mario era el nombre de aquél joven que ayudó a Luisa y a Juan en sus vidas durante los siguientes seis años. Mario es mi abuelo, y se fue unos meses antes de que mi madre naciera, le dijo a Luisa que tenía que saber de su familia, que volvería a buscarle. La abuela no se atrevió a hablarle de su embarazo y no volvió a saber de él. Así que mi madre creció creyendo ser la prima de su tío y hermana de su madre, con el que se casó y nací yo.

Mi abuela Luisa se está muriendo en su cama, me llama con voz débil, me da un cuaderno con las instrucciones para cuidar la rosaleda, el camposanto de la familia, y otro lleno de recetas, me besa, le acaricio, le sonrío y agradezco haber salvado su vida y la de mis padres, la beso por última vez.


Mar Blau, 69